Las joyas y un hígado

Con las joyas de Zapatero nos han endosado un hígado cuando creías tener un corazón

Las joyas y un hígado
Todos tenemos en el imaginario romántico el funeral del poeta Percy Shelley. La playa de Viareggio, la pira en la que se incineró, al modo de la de los héroes griegos, sus célebres testigos: sus amigos Edward Trelawny y Leigh Hunt, su mujer, Mary Shelley, y su colega lord Byron, pelo al viento. Se lo debemos en parte al pintor Édouard Fournier, que lo inmortalizó en su El funeral de Shelley. En un momento dado, Trelawny rescató de las llamas el corazón del muerto que no ardía y se lo entregó a la viuda, que lo guardó en un pañuelo de seda y se lo llevó con ella, de vuelta a Inglaterra.

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